domingo, 26 de julio de 2009

Rato después, se paseaba el padre inquieto por el pasillo, debatiendo consigo mismo, decidiéndose finalmente a entrar y pedirle disculpas.
-…sí, te sentirás mejor después de hacerlo- se decía. Mas, una vez dentro…- Samuel, quería hablar contigo…- Y, antes de poder darse cuenta, una soga pasa rápidamente frente a sus ojos para, acto seguido, aprisionarle la garganta. Entonces escucha, en un susurro
-¿Qué? ¿Venías a golpearme también, otra vez?...
-¡No, yo…!
-¡Silencio!- le interrumpe, estrechando más y más la cuerda… Tras unos minutos de forcejeo, caía el padre al suelo. Muerto.

Sam lo observa durante unos momentos hasta que, lentamente, vuelve a ser él, para darse cuenta del horror que ha cometido. No comprende qué ha sucedido, ¡ni qué es lo que ha hecho! Pero el pánico no tarda en apoderarse de él, y se arroja al suelo, sacudiendo desesperadamente a su padre en un inútil intento por despertarlo, de simular que no es verdad; que nada de eso estaba pasando.
Pero no se movió. No se levantó… No se despertó.
Comenzó a dar vueltas por la casa, desorientado: su hermana dormía plácidamente en su alcoba abrazando a un osito de felpa; su madre se había dormido sobre un sillón, viendo televisión, cuyo canal hacía mucho rato había finalizado la transmisión.
Se dirigió a la cocina del modo más silencioso que pudo. Sacó un enorme cuchillo de una gaveta, y bolsas de plástico negras de otra. Una vez encerrado nuevamente en su pieza…
-Bien…, aquí vamos- Pero al comenzar y ver la sangre, soltó inmediatamente todo y, volteando en una convulsión, debió esforzarse por taparse la boca y contener el vómito-. Vamos, TIENES QUE hacerlo… No puedes sacarlo de aquí entero.

viernes, 10 de julio de 2009

-¡Hasta cuándo seguirás con esto, Samuel!- reprende su padre, mientras él contiene la hemorragia con un pañuelo.- ¡Si te decimos algo, haces lo contrario!
-¡Estás hablando incoherencias!- se altera- ¿Qué acaso esto también es mi culpa?
-¡Claro que es tu culpa!
-¡Yo no pedí que me asaltaran!
-¡De haber estado en casa temprano, te habrías ahorrado todo esto!
Sam sabe que es verdad, pero le es difícil aceptarla viniendo de él, y duele…, así que prefiere callar.
Éste abandona la habitación y, al momento de cerrar la puerta tras de sí, echa una última mirada a su hijo, ablandándose su expresión, mientras reflexiona sobre su propio comportamiento, dándose cuenta de lo duro que es, haciéndose consciente de sus propios errores; anhelando evitar que los cometa él también… Y odiándolo por hacer lo correcto, aquello que aún no ha hecho, ni probablemente se atrevería a hacer…: Confesar.

Por otro lado, ya solo en su habitación, Samuel perdía el control sobre sí mismo, cargado por el odio que sentía en ese instante. Porque, ¿qué podía hacer? ¿Qué hacer en momentos como ése? ¡Estaba desesperado! Sólo se le ocurría, sólo quería matarlo, matar a su padre, ¡pero no podía! Pues era más fuerte, lo sabía…, y eso le frustraba. Tanto daño había hecho, y TANTO le había quitado… Lo odiaba. No bromeaba, ya era definitivo. Odiaba a ese hombre…; aquel sujeto ya no era su padre.