lunes, 29 de junio de 2009

Por la tarde, mientras reflexiona boca abajo sobre su cama acerca de los últimos eventos, siente la impetuosa necesidad de salir de casa, y al atravesar el pasillo hacia las escaleras, se encuentra con su madre, quien lo saluda sonriente:
-Hola, Samuel –respondiendo él, de igual manera
-Hola, mamá. –Y, al momento de darse ambos la espalda, cambian las sonrisas por muecas de antipatía y cinismo. Ella no veía en él más que a un sujeto que había tratado de destruir su matrimonio; un mentiroso. No lo encontraba justo: no era justo que perdiera su cariño porque no le creyera…

Caminó durante horas y, finalmente exhausto, se dejó caer sobre una banca, en una plaza. Ya era de noche, cuando…
-¡Hey, tú! –Sam voltea en dirección a la voz, en actitud expectante, y ve a un monigote palurdo que, en postura de amenaza, le exige su dinero. Sam se levanta y acota, a modo de ironía o burla, agregando un obvio toque de molestia por lo absurdo de la situación
-¿Qué es esto, una película americana? –Mas, como el sujeto no estuviese de humor para bromas, lo alza del cuello de la ropa
-¡Te lo advierto! –“¡Uy, qué rudo!”, piensa Samuel para sus adentros, sarcástico.
-No tengo un peso siquiera –encogiéndose de hombros-, lo lamento. –A lo que el monigote le responde con un rodillazo al estómago y un puñetazo que lo deja en el suelo.
Cuando por fin se largó, lo hizo con sus zapatillas. Mas no le importó. Tal parecía que, en ese momento, lo mejor sería ir a casa…, pero, por supuesto, erraba. Con las narices y la boca sangrantes, más la herida en su frente nuevamente abierta, el aspecto que brindó a su familia era aterrador…

jueves, 18 de junio de 2009

Momentos más tarde, ya habiendo cubierto la herida de su frente, y sentado sobre la cama de espaldas a la puerta, se oye el leve chirrido de ésta, y reacciona
-Si eres mayor de 15, no puedes pasar –y es cuando una dulce voz le responde
-Yo sólo tengo diez, ¿puedo? –Sam voltea, y descubre a su hermana mirándolo sonriente, quien luego de arrodillarse junto a la cama, apoyar los codos sobre ésta y la cabeza entre sus manos, pregunta-. Hermanito, ¿qué te pasó en la cara?
Consulta justamente hecha, en evidencia del mal parchado de la sien y el moretón en su mejilla. E, intentando hallar una excusa, CUALQUIER excusa, él responde:
-Me caí de un árbol –especialmente porque Sam NO trepa árboles, pero Aralia continúa observándolo para responder con aire inocente un
-Aahhh… -Y, acto seguido, se abrazan-. Y, ¿por qué siempre estás tan triste?
Estremecido repentinamente por la pregunta, estrecha aún más a su hermana entre sus brazos, y contesta
-Tal vez… cuando seas mayor…, lo comprenderás.


Al otro día, no tenía la más mínima intención (o ganas) de ir a clases. Pero fue, lógicamente; era su “deber”. En eso se encuentra con Carlos en el pasillo. Éste, al ver el parche, exclama
-¡Cielos! ¿Qué te ocurrió en la frente? –a lo que Sam responde, frío y algo molesto
-Nada importante.
Como la noche anterior no pudiese dormir, se dedicó a ello en clases. Mas al recreo…
-Samuel…
-Carmelia… -se muestra sorprendido del abordaje.
-Ayer quedé sumamente preocupada, ¿te encuentras bien?
Intentando zafarse del incómodo contexto, la evade, tratando de seguir andando
-Sí, sólo fue un pequeño mareo –alejándose. Mas ella le increpa
-Pero Samuel, ¡no estabas respirando!¿Qué fue lo que te pasó? –a lo que él voltea y grita con los dedos crispados
-¡Dios santo, Carmelia, si lo supiera…! –dándose cuenta del error al hablar de esa manera, relaja las manos- Lo siento… lo lamento mucho.
-No lo entiendo… ¿Por qué me tratas así? Si yo me preocupo tanto por ti –con un halo de ilusión, él interrumpe
-¿De verdad…?
-Oh, olvídalo. –y se marcha.
Percatándose de la soberana metida de pata que había logrado, y del daño hecho, un enorme malestar se apodera de él y, sujetándose el estómago, encuentra en el patio a Carlos que, alarmado, pregunta
-Samuel, ¿qué ocurre?
-No me siento muy bien –casi desvaneciéndose. Pero Carlos lo sujeta, e intenta tranquilizarlo
-Déjame ayudarte… Vamos, vamos a sentarnos –Una vez acomodados-. ¿Qué pasó? ¿Qué tienes?
Y, sin desvariar, le contó todo. Odiaba aquella maldita vulnerabilidad frente a los problemas y sus sentimientos… Sobretodo por Carmelia…
-Nunca antes había discutido con ella, ni nada parecido.
-¿Qué hiciste con el parche que tenías puesto?
-Me lo quité.
-¿Por qué?
-Porque no servía. De todas formas, la herida no iba a sanar –adquiriendo un semblante trágico-, si es que entiendes a lo que me refiero.
-No es por molestar, pero… –comenta él- está volviendo a sangrar.
-Qué más da…
Carlos mira con detenimiento las gotas que caen sobre el suelo desde su frente, y ante la impotencia que le produce no poder hacer nada por ayudarlo, lo abraza en silencio. Sam, sorprendido por el gesto, le comenta
-Gracias. Realmente, Carlos. Me has apoyado mucho estos días… Te lo agradezco. –y entonces, llora.

miércoles, 10 de junio de 2009

Sin embargo, rato después, en el aula, no era capaz de concentrarse; ¡estaba demasiado mareado! Y, sujetándose el rostro con una mano, apoyados los codos sobre la mesa, veía todo tan borroso… que casi no se da cuenta cuando el profesor le preguntó
-Sr. Carmington, ¿se encuentra bien? –entrecerrando los ojos, aturdido, contesta
-No estoy seguro… -descubriendo que su vista iba de mal en peor-, ¿puedo ir a la Enfermería?
Apenas si alcanzó a dar unos diez pasos una vez afuera, cuando perdió la visión de las cosas…, y la noción del tiempo.

Horas más tarde despierta repentinamente, desorientado y con un fuerte dolor de cabeza. Mira a su alrededor, pero no logra darse cuenta de dónde se encuentra.
-¿Dónde estoy?
-¡Vaya! Al fin despertaste –dice la chica, volteando hacia él-. Estás en la Enfermería. ¿Cómo te sientes?
-¿Cómo? ¿Entonces llegué?
-No, te trajeron. Estabas inconsciente.
Contrariado, mira su reloj, y se da cuenta de que se le ha hecho muy tarde.
-¡Ya tengo que irme!
-¡Ni hablar! –increpa la enfermera, indicando que debe reposar, pero Sam sale corriendo de allí- ¡No, espera!



-¡De seguro te fuiste con tus amigos a fumar a alguna parte, o algo así! –le grita enfurecido su padre en la cocina.- ¡Sabes que debes venir directo a casa, te lo hemos dicho tantas veces, por Dios! –Samuel comenzaba a cansarse del sermón, especialmente viniendo de su padre, el más opuesto ícono a todo lo que para él significaba rectitud.- ¡Nosotros no te educamos para hacer esas cosas!
Y, en un arrebato de rabia, Samuel contesta
-¿Y a ti sí te educaron para engañar a tu esposa?- Recibiendo casi inmediatamente un duro golpe con la mano que le corta la frente-. Y no; no estaba fumando…, ni nada parecido.
-No has hablado de eso con tu madre, ¿o sí?
-¿De qué sirve? Sabes que no me cree…
Por fin reparando en el aspecto de su hijo, pregunta
-¿Por qué tienes sangre en la camisa?
-Un compañero me golpeó. –Y éste, volteando, le responde de espaldas, bruscamente
-Algo debiste hacer, tú te lo buscaste.
-¿De qué maldito lado estás?
-¡Uno se busca los problemas, Samuel! ¡Ellos no vienen a ti!